Pablo era hijo de Lorena, que era la prima segunda de la esposa de Antonio, tercer hijo de Ernesto y Ernesto dada la coincidencia era el abuelo de Ana. Sí, así se teje y entrelaza la sociedad Costarricense.
Todo esto los trajo a trabajar en conjunto en los cafetales recogiendo café. Una por acondicionamiento familiar y el otro por apego cultural y rebeldí a citadina.
Tuvieron un lindo semestre, se dieron cuenta de que de cierto modo compartían una filosofía de vida; se atrevían a soñar y creían en los arboles de cerezo.
Ana nunca había salido del país, pero su prima María Castellá había ido de viaje con su marido y le había traido fotos de un viaje a Japón. Mientras María relataba sus amores y desamores japoneses, el tiempo se congeló y Ana se perdió en su imaginación, se enamoró profundamente de ese color, de esa vida y de esa belleza que emanaba esa fotografía de árbol de cerezo. María derrepente fue por café llevaba ya casi una hora de relatos. Ana no dudó un segundo e impulsivamente tomó una de las 10 fotografías del album y la escondio bajo su falda sin remordimiento.
Después de ese día era algo que llevaba siempre con ella, que le recordaba que tenia que luchar por lo que quería, salir del la finca, del país, recorrer mundo, recolectar experiencias y conocer distintas realidades, distintos mundos...
Tanto Ana como Pablo compartieron experiencias, se volvieron expertos en arreglar todo lo que estuviera roto o descompuesto en la finca. Se aprendieron el terreno de memoria como si fueran las lineas de la vida, marcadas en sus manos.
Se dispusieron a vivir el día a día, alguno bailaron bajo la lluvia, tararearon las melodías de Mal País, otros iban de pic nic por ahí y por allá conociendo cada rincon inexplorado de la Finca de León. Tuvieron noches de desvelos e historias compartidas. Ana aprendió a martillar y a hacer uso de herramientas además que perfecciono el arte de leer e inclusive Pablo se tomó la molestia de enseñarle un poco acerca de la cultura general y de Política. Vivian en un contraste enriquecedor. Ella de pueblo y el de ciudad.
Apesar de vivir más aislada de los avances culturales y tecnológicos, Ana era una sensible artista, obsecionada por todo lo colorido que encontrase en su camino. Cada día en sus pausas aprovechaba sacar un lapiz de grafito y se disponía a soñar, tenía un buen ojo para la belleza.
Pablo aprovechaba estas ocaciones para descansar sobres sus piernas y leer alguno de tantos libros que tenía en espera. Habían días en que le leía en voz alta sus historias y poemas, mientras Ana todo lo reconstruía en su cabeza.
El tiempo pasó y debido a la crisis económica la finca tuvo que ser vendida. Pablo al no tener trabajo volvió a la realidad, a su realidad. Se dio cuenta de que era hora de volver al estudio y se dispuso a volver a la Universidad para terminar su carrera de periodismo. Ana sin embargo tuvo que tomar protagonísmo en su escena familiar ya que su padre había enfermado gravemente y era a ella a la que le tocaba de ahora en adelante velar por el, ella era la menor y sus hermanos todos estaban ocupados con sus propios negocios como solucionaban la situación económica de la familia. Asique como todo en este mundo se mueve y se transforma Ana y Pablo se despidieron, cada uno camino en direcciones opuestas y hacia su propio mundo, añorando lo que habían aprendido uno del otro. Años después Ana logró salir de la casa y conseguir una beca para irse a Brazil a vivir con unos primos lejanos y a estudiar lo que siempre soñó, Arte.
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